Mi experiencia como madre de mellizos

Permanecía en silencio en la camilla, mientras el técnico, sin decir palabra, tomaba varias fotos. Ya empezaba a impacientarme. “¿Todo bien?” preguntaba yo. “Un segundo, señora”, era toda la respuesta que esperaba. Cuando ya estaba a punto de explotar, mientras mil historias truculentas cruzaban mi cabeza (un quiste, un fibroma, qué se yo…) me mira y en tono circunspecto dice: “Mire, tómelo con calma, antes de decírselo a su familia…” ¿Qué, por el amor de Dios? Son mellizos. Esa sí que no me la esperaba.

Dos huevos fritos

Las fotos de la ecografía (en esa época no había 3D ni nada que se le parezca) eran como dos huevos fritos en una sartén. El recaudo del ecógrafo era que, un gran porcentaje de estos embarazos no termina finalmente. Uno o dos de los embriones, en una suerte de proceso de selección natural, se pierde.

Doblete

El embarazo transitó hermosamente. El cuerpo sufre bastante, la piel es probablemente el órgano más sufrido. Las estrías y decoloraciones están a la orden del día. Pero con las precauciones adecuadas, muchas cremas con vitamina A e hidratación adecuada, todo se supera.

Me mantuve activa hasta casi el final. Con la panza gigantesca manejaba mi auto (casi no me llegaban las manos al volante) e iba a la facultad.

El parto fue por cesárea programada. No es lo que se acostumbra, al menos cada vez más los médicos tratan de hacer que el parto sea natural, siempre y cuando no implique un riesgo para el bebé o la mamá. Pero en este caso, uno de los fetos estaba “de podálica”, es decir al revés de lo habitual, con los piecitos para afuera. Así que un día de verano, me interné.

Entré a la clínica escuchando música con los auriculares, totalmente despreocupada. No sabía por qué pero estaba segura de que todo iba a salir bien. Durante el parto estuve totalmente conciente, por suerte. Los bebés lloraron inmediatamente.

Doce y 32 nació Victoria, y dos minutos más tarde Sebastián llegó al mundo. Ellos son mis “mellis”.

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