La Naturaleza del parto humano

La naturaleza no da jamás pasos ilógicos y procede siempre siguiendo estrictas leyes razonadas. El hombre es un animal cerebral y el rendimiento mental es su única arma en la lucha por la supervivencia. Pero su capacidad de pensar no entra en funciones si no recibe la chispa de los estímulos externos, y las condiciones químicas, acústicas y mecánicas del útero actúan suavemente sobre el feto como un paulatino precalentamiento.

El inicio de la vida exterior
No cabe duda de que ese medio acogedor no ofrece reto alguno al rendimiento vital, y por lo tanto, hay que arrebatarlo de ese confort arrullante porque cuanto antes suceda, más fuerte será la estimulación de su cerebro. Aunque el recién nacido humano, expulsado, desnudo y vulnerable, parezca siempre una víctima indefensa, es precisamente ese cruel desahucio lo que confiere a nuestra intelectual especie su impresionante ventaja sobre los demás seres vivos. Mientras la llegada al mundo de los demás animales se ampara en sus ricos instintos y fijaciones primitivas, el desarrollo de sus actividades cerebrales superiores se ven adormiladas y limitadas por sus tempranas facultades.

No ocurre así con el hombre. Acogiéndose a su aptitud para resolver de forma lógica las impresiones sensoriales y aprender de la experiencia, cada ser humano es un niño prodigio y un genio precoz. Así pues, el hombre necesita forzosamente ese adelantamiento extrauterino para arrancar antes la carrera de la vida, que para él será infinitamente más ardua que para sus demás competidores biológicos.

De esta manera, el cuerpo del pequeño es sometido a unas cargas extremas. El cordón umbilical disminuye lentamente sus aportes energéticos y el recién nacido exige aire con desesperación. Hay que poner en funcionamiento muchos alvéolos sin estrenar y sólo eso cuesta un esfuerzo unas cinco veces mayor que una inspiración normal. Hasta ahora, el feto había estado conectado al sistema de bombeo de su madre y no era necesaria la circulación en sus pulmones, y dentro de la matriz reinaba una húmeda y tibia temperatura de invernadero. De pronto, el seco y frío aire exterior arde la piel, y la adaptación a unos cambios tan drásticos le cuesta sus últimas reservas de energía, forzando a que despabilen todos esos sentidos instintivamente aletargados.

This entry was posted on Miércoles, Diciembre 3rd, 2008 at 10:47 pm and is filed under Embarazo, Parto. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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